La sabiduría es un concepto abstracto.
No tiene que ver necesariamente con una figura personal. pero, a pesar de ello,
parece que choma (sabiduría) era
originalmente una divinidad femenina, una figura mítica que más adelante, en el
judaísmo, se transforma en potencia divina masculina y abstracta.
La sabiduría es, en primer lugar, sabiduría
de la vida: sabiduría de la espera, de la aceptación y de la madurez. Está muy
cercana al crecimiento y a la totalidad. es un instinto creativo, comparable al
embarazo, que se realiza independientemente de la consciencia de la mujer. En
los libros de la sabiduría, la sabiduría se dirige al hijo, no a la hija. Es
como si nuestra mitad femenina hablara con la masculina. No se trata aquí de
hombre y mujer, sino de las posturas básicas masculinas y femeninas.
En el libro del Eclesiástico (Si. 24,9) se
dice: “Antes de los siglos, desde el principio, me creó, y por los siglos
subsistiré”. La sabiduría es un principio femenino que penetra el universo
entero. es un principio que va más allá de la muerte. Por ello, en el libro de
los Proverbios figura lo siguiente (Pr. 8,35 ss): “Porque el que me halla, ha hallado
la vida, ha logrado el favor de Yahveh. Pero el que me ofende, hace daño a su
alma; todos los que me odian, aman la
muerte”.
Las
enseñanzas de la sabiduría son una especie de “educación del ánima”, utilizando
la terminología de Jung. Lo femenino se dirige a lo masculino. Lo femenino es
más amplio, es lo creativo que estuvo presente en la creación del mundo, y
también es la fuente originaria de la vida en nosotros.
En occidente nos hemos desarrollado en una
dirección en la cuenta la acción, el trabajo realizado, y no el SER. Dominar,
dirigir, ordenar y actuar ocupan el primer lugar. En nuestra sociedad se enseña
y se valora la lógica y el saber intelectual.
Pero la sabiduría no es un saber
intelectual. Es el conocimiento de la naturaleza verdadera de las cosas. Es el
principio organizador, tanto en el universo como en el ser humano. Mientras que
el principio masculino se rebela y atenta con facilidad, de manera soberana,
contra el orden del universo, el principio femenino de la sabiduría se identifica
con el orden del universo, el principio femenino de la sabiduría se identifica
con el orden fundamental del mundo y, así, también con la voluntad de Dios.
Siendo el orden básico del mundo, es la voluntad de Dios mismo.
El elemento patriarcal ha creado los
mandamientos que exigen una obediencia incondicional y, a menudo, hasta
absurda. pueden ser tan intransigentes que vayan en contra de la naturaleza.
Muchas veces tiranizan a las personas; pensamos tan sólo en los mandamientos de
pureza para las mujeres, cuando tenían la menstruación.
La
sabiduría no se orienta hacia la voluntad masculina o autoritaria sino hacia el
orden cósmico que el individuo experimenta cuando se recoge en su fuero
interno. La sabiduría trata de la vida verdadera del ser humano. No es pensar en
opuestos sino experimentar la unidad y totalidad. Las imágenes de la sabiduría
son el árbol de la vida, que crece y se despliega desde dentro, y la fuente de
vida, de la cual fluye la sabiduría. Por ello, la sabiduría procede de una rama
tradicional de carácter fuertemente matriarcal, contraria a la posterior
tradición patriarcal del Yahveh de la Biblia. Es un complemento necesario de
imagen patriarcal de Dios y del ser humano. Pero también representa uno de
nuestros aspectos, que debemos aceptar y desplegar.
Pentecostés
En estos días de Pentecostés tiene lugar, en
esta Casa, un cursillo que se ocupa de la palabra y del contenido de la
sabiduría. La sabiduría es un concepto que se cita muy a menudo en la Biblia.
Al principio no se relacinaba con una persona, porque originalmente era el
término usado para referirse a la experiencia del Fondo originario inefable de
todo lo creado; se refería a la intimidad con lo divino sin una verdad fijada y
sin mediadores, sin templos ni sacerdotes. Lo inefable penetra en nuestra
consciencia mediante el mito, la danza, el ritual y los cantos y gestos
repetidos. Se incorpora al cuerpo y hace que las energías de la vida fluyan
libremente.
Pero la intimidad directa y vivida con lo
divino siempre es recogida por los seguidores de las personas místicas en
conceptos, imágenes y decretos. De esta forma lo inefable se vuelve a la
hoguera de la Inquisición, a la Yihad (guerra santa) y a las cruzadas.
Al principio, el término “sabiduría” se
refería a la experiencia de lo inexpresable, de aquello que no se puede
nombrar. Los textos originarios, que parecen haber sido modificados más
adelante por la religión patriarcal, eran muy diferentes de los textos
posteriores. Apoyándonos en los textos originales, el párrafo del Antiguo
Testamento del libro de los Proverbios Pr. 8,22 ss, que se habla de la
sabiduría, podría leerse como sigue:
“Antes que los
montes fuesen asentados, antes que las colinas, fui engendrada.
No había hecho aún
la tierra ni los campos, ni el polvo primordial del orbe.
Cuando asentó los
cielos, allí estaba yo, cuando trazó un círculo sobre la faz del abismo,
cuando arriba
condensó las nubes, cuando afianzó las fuentes del abismo, cuando al mar dio su
precepto - y las aguas no rebasarán su orilla - cuando asentó los cimientos de
la tierra,
yo estaba allí,
como arquitecto, y era yo todos los días su delicia, jugando en su presencia en
todo tiempo, jugando por el orbe de su tierra; y mis delicias están con los
hijos de los hombres.
Ahora pues, hijos,
escuchadme, dichosos los que guardan mis caminos.
Escuchad la
instrucción y haceos sabios, no la despreciéis.
Dichoso el hombre
que me escucha velando ante mi puerta cada día, guardando las jambas de mi
entrada.
Porque el que me
halla, ha hallado la vida, ha logrado el favor de Yahveh.
Pero el que me ofende, hace daño a su alma; todos los que
me odian, aman la muerte”.
Probablemente
el concepto de la sabiduría se ha ido convirtiendo con el paso del tiempo,
también en Occidente, en una figura femenina.
O sea,
toma la figura de mujer y se convierte
en divinidad, con un nombre y a la que nos podemos dirigir. A veces muestra los
rasgos de una mujer joven y atractiva, a veces los de una madre misericordiosa.
En las religiones occidentales se convirtió muchas veces en una mujer joven que
realiza la creación danzando. Su obrar es caprichoso porque crea a partir del
caos; es pura energía vital, con mucho brío, creatividad e inspiración.
En el Antiguo Testamento la sabiduría se
transforma en “ruah”. Ése término hebreo significa hálito, aliento. Muchas
veces significa más que esto, más que una persona, porque ruah está lleno de energía y dinamismo. Ruah es femenino. En nuestro idioma el término ha cambiado de
sexo y se convirtió en palabra griega pneuma y en la latina spiritus, se convirtió en el viento, el aliento, el espíritu en
algo masculino.
La lectura del Libro de la sabiduría del Antiguo Testamento que acabamos de escuchar muestra que
“sabiduría” designa la energía originaria creadora. Probablemente la
introducción al Evangelio de san Juan es tan sólo la modificación de un texto
matriarcal antiquísimo. Ese texto podría haber sido originalmente como sigue: (Jn. 1,1-16)
“En el principio
existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios.
Ella estaba en el
principio con Dios.
Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo
nada de cuanto existe.
En ella estaba la vida y la vida era la luz de
los hombres,
y la luz brilla en las tinieblas, y las
tinieblas no la vencieron.
Hubo un hombre, enviado por Dios: se llamaba
Juan.
Este vino para un testimonio, para dar
testimonio de la luz, para que todos creyeran por él.
No era él la luz, sino quien debía dar
testimonio de la luz.
La Palabra era la luz verdadera que ilumina a
todo hombre que viene a este mundo.
En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por
ella, y el mundo no la conoció.
Vino a su casa, y los suyos no la recibieron.
Pero a todos los que la recibieron les dio
poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre;
la cual no nació de sangre, ni de deseo de
hombre, sino que nació de Dios.
Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada
entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como
Hijo único, lleno de gracia y de verdad.
Juan da testimonio de él y clama: «Este era
del que yo dije: El que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque
existía antes que yo.»
Pues de su plenitud
hemos recibido todos, y gracia por gracia”.
La sabiduría se convierte en aliento,
espíritu y pneuma. El carácter originario femenino sigue resonando si
modificamos en femenino el himno de Pentecostés.
Sabemos que Dios no es ni masculino ni
femenino. Las imágenes de Dios pueden facilitarnos el acceso a lo divino sin
imágenes, o bien cerrar ese acceso. Pero ese acceso es demasiado unilateral
debido a las imágenes patriarcales, como Señor, Rey y Juez. De ahí que sea
bueno familiarizarnos nuevamente con los términos femeninos de la Realidad originaria
divina. Si nuestra imagen de Dios se complementara con los rasgos femeninos de
la misericordia, de la curación y la solicitud, no habría tantas neurosis de
origen eclesial, causadas por el Dios masculino imaginado como juez.
El Dios de Jesús es un Dios protector con
rasgos femeninos. Os recuerdo la parábola del hijo pródigo. Cuando el hijo
vuelve a casa, el padre parece más bien una madre que viniste de nuevo al hijo,
la coloca un anillo e el dedo y celebra una fiesta.
Pero, a fin de cuentas, no se trata de
cimentar nuestra imagen de Dios en los rasgos femeninos de la sabiduría; se
trata más bien de reconocerlos en nosotros mismos y despertarlos a la vida.
Esto ocurre cuando
vivificamos la sabiduría, ese Espíritu originario, al invocarlo.
Nuestra oración final es: ¡Espíritu Santo,
dame tu aliento! Si soy como un barco sin viento, llena mis velas con tu
hálito. Si soy como un fuego mortecino, aviva mis llamas. Si soy un pájaro con
las alas rotas, cúrame con tu soplo. Si me quedo exhausto antes de llegar a la
meta, sé tú un vendaval que me siga llevando. El Espíritu Santo llena el globo
entero. En él todo tiene su existencia.
La sabiduría es, pues, la Realidad primera
que aún carece de nombre. Es comparable a lo que el maestro Eckhart quiso
describir con el término “divinidad”, que es la crea luego el Dios al que se le
puede dirigir la palabra. La divinidad en Eckhart es algo que rebosa, se
desborda, algo que se crea a sí mismo. En cambio, Dios es algo que puede
comprenderse, es algo que ya ha salidos del Fondo indecible y no comprensible
mediante la razón, del Fondo originario, como lo denomina la mística.