martes, 17 de junio de 2014

LAS 8 MONTAÑAS DE LA VIDA CONSAGRADA

EL SINAÍ, MONTE DE LA ESPIRITUALIDAD.    Exodo, 3

El Sinaí ha sido para Israel la montaña más importante. Allí habló Dios a Moisés en la zarza ardiente y le dijo: “Moisés, no te acerques. Quítate las sandalias, porque la tierra que pisas es sagrada”.
Fue en el Sinaí donde Yahvé entregó la ley que conduciría a Israel más allá del narcisismo hasta su mejor y más verdadera identidad. Fue en el Sinaí donde Dios habló a Elías; no en el viento que azota, ni en el ruido, sino en el silencio contemplativo de su corazón.
El Sinaí es la montaña de la espiritualidad. Es la montaña que conocen bien los religiosos. Durante muchos años, una espiritualidad centrada en la negación impidió que pudiéramos aprender de la vida que nos envuelve. La montaña de la espiritualidad nos dice que allá, en el Sinaí, hay mucha más vida de negación. Allí están el amor de Dios y su presencia; la llamada de Dios y su bondad, para que cada uno de nosotros la saboree. La montaña de la espiritualidad es la montaña que nos ha seducido, nos ha atraído, nos ha centrado y que nos promete vida. Es la montaña que hemos rastreado con seguridad y abandono.
   En ella hemos aprendido a compartir la fe, la disciplina de la oración personal y de los ritos comunitarios. A sus pies hemos estudiado la sagrada Escritura. Conocemos la teología de la liturgia. Sabemos que la vida espiritual, la historia de Jesús, el Evangelio, son fuente y manantial, suelo e imán sin los cuales moriríamos de sed o ahogados por falta de alma. Sin ellas no seríamos sino trabajadores sociales que viven juntos sin ninguna gran razón que nos impulse a ello.
¡Sinaí, montaña de la espiritualidad! Es la que mantiene atentos nuestros ojos a las señales que Dios nos emite a su paso.

Gelboé o el placer de dejarse llevar.  ( 1Sam. 31)


   Fue allí donde murió Saúl – por aquel tiempo, rey de Israel – y, con él, Jonatán, su hijo, dejando así expedito el camino para David y la llegada de una vida nueva.
En Gelboé, el viejo y grandioso mundo se difumina y diluye ante la vista, haciéndonos pasar una visión a otra: de la rigidez vengativa de Saúl –de quien la Escritura dice: “Dios se arrepintió de haber hecho rey a Saúl” -, al encanto vital y el gusto por la vida de David. Gelboé es la montaña del dejarse llevar.
   Durante casi cuarenta años, los religiosos hemos estado escalando la  montaña de la renovación: hemos evaluado cada fase de la vida; hemos re-examinado nuestras reorganizando todo lo organizable, sin dejar nada de nuestra vida por revisar. Nos hemos situado más allá del rigorismo, hemos aprendido nuevas formas de ver lo nuevo, y hemos descubierto también nuevos caminos para mirar las viejas realidades.
   También hemos dicho “sí” a un futuro basado en nuestra capacidad de disfrutar de Dios, del pueblo al que servimos, de las cosas que hacemos, de disfrutar de la misma vida espiritual. Hemos abandonado una forma de vida religiosa dependiente, inmadura, militar e infantilizada para poder decir sí y acoger una nueva vida digna, capaz de interpelar a los demás y de ser vida digna, capaz de interpelar a los demás y de ser vivida por nosotros mismos “con arpas y cítaras”, como David; para disfrutarla.  El monte de Gelboé es el monte del encanto de soltar amarras.

El monte de los Olivos, la montaña de la solidaridad.   ( Lc. 22,39)


   El monte de los Olivos nos vuelve a desafiar. Allí, con la crucifixión de Jesus, Israel se ve confrontado con la necesidad de optar: o el sistema establecido de los rabinos en el viejo templo, o las sofocadas profecías del siervo de Yahvé sufriente, Mesías de la mansedumbre.
   Dicho con claridad y sin rodeos: el monte de los Olivos es el monte de la solidaridad con los pobres oprimidos.
   Durante mucho tiempo, la vida religiosa ha reivindicado su origen a los pies de la cruz, es decir, en las zonas más deprimidas del mundo, con los más olvidados de la humanidad. Esto lo hacéis también hoy vosotras y vosotros. ¿Qué carisma religioso sería aquel que no hubiera nacido del amor y de la atención hacia los abandonados, de la compasión hacia los rechazados, del sentirse profundamente afectados por la exclusión o de la preocupación por quienes no pueden acceder al alimento básico del cuerpo, o al desarrollo de su mente, del que nosotros gozamos; o de aquellos que son dejados –por cualquier motivo social- en los márgenes del sistema, en lo peor de lo peor, hasta que mueran?
   También hoy constatamos esto: hay religiosos y religiosas en los comedores de beneficencia y en los lugares de asilo, en centros de hospitalidad y en juzgados; en la televisión y en otros medios de comunicación; en barrios de chabolas; dando clases de alfabetización junto a centros de acogida; en zonas militarizadas o completamente insertos en barrios peligrosos que nunca son visitados por la “gente bien”.
Y ellas y ellos están allí para ser una voz, precisamente, donde las voces de los pobres nunca son escuchadas.
   La vida religiosa, sobrecargada con los ministerios para los pobres, se esfuerza por subir una vez más al monte de los Olivos, al monte que nos recuerda quiénes son las personas por las que vivimos entre Galilea y Jerusalén, y no las pierde de vista.
   Sinaí, Gelboé y el monte de los Olivos – espiritualidad, renovación e identificación con los pobres-, son las montañas a las que hemos de subir todos: tú, yo y nuestras congregaciones, con una buena dosis de diligencia y gozo, sintiendo que ése es nuestro destino.
   Pero hay otras montañas hacia las que nuestro Dios nos conduce y que también hemos de escalar. La vida religiosa, como Israel, deberá siempre volver cantando a Sión.
K. Gibran escribió en otro lugar: “El obstáculo que encontramos para conseguir nuestra meta es el camino más corto para conseguirla”. Si queremos llevar a cabo la renovación de la vida religiosa debemos hacer frente y escalar- como los hijos de Israel- aquellas otras montañas en las que no han acontecido aquellos milagros; aquellas montañas a las que la fe nos mueve, sin ahorrarnos su dificultad.
El monte Moria, el monte del sacrificio.    (Gn. 22, 1-2)
   A este monte fue llamado Abraham para que sacrificara a Isaac, su hijo, su todo, su futuro y su pasado. Sabemos que fue para él un momento estremecedor, porque también lo es para nosotros.
   Precisamente, cuando las cosas se nos ponen mal, precisamente cuando nuestros recursos son muy escasos, precisamente cuando nuestros números decrecen y están bajo mínimos, bien porque así fue desde el principio, o porque –aunque elevados- son inestables e inseguros; justamente entonces, cuando nuestra energía decae y nuestra ancianidad no tiene herederos, somos llamados, como Abraham, al monto del sacrificio. No a proteger el presente, ni a conservar para el sacrificio. No a proteger el presente, ni a conservar para el futuro, sino a arriesgarlo todo.
   El monte Moria es el monte del sacrificio. A un cierto nivel, ya hemos subido a este monte. Después de todo, aquí estamos, vosotros y yo. Aún estamos en el seguimiento –aun en la oscuridad-; aún esperamos encontrar el carnero entre los matorrales. Nuestro subir a la montaña es un subir lleno de dudas, lleno de reservas. No nos entregamos a lo nuevo totalmente, sino con reservas, cautelosamente, sin abandonar los “buenos negocios” a los que Judas se refería cuando dijo aquél día con enfado: “Éste perfume podría haber sido vendido por trescientos denarios”.
   La casa madre de una congregación en Estados Unidos llegó el año pasado al acuerdo de acoger a un pequeño grupo de seis mujeres maltratadas  y sin hogar. Ninguna de ellas había visto en su vida un convento por dentro. Les causaba mucho respeto aquel lugar sagrado. No una hermana cualquiera, sino la misma organizadora, se mostró molesta mientras les dijo que no les estaba permitido acceder a la sala de comunidad de las hermanas para ver la televisión en color. Sí podrían ver, en el otro extremo de la residencia, en el ático, una televisión en blanco y negro, pero sólo después de que las hermanas fueran a acostarse.
   No es malo ser realista en nuestros gastos, ¡por supuesto! Lo malo es comprobar eso de calcular los costes pueda ser tan sólo una bonita expresión para ocultar nuestra falta de sacrificio. Tal vez, necesitamos recordar la historia y verificar de nuevo la prodigalidad y la gratuidad con la que la vida religiosa trata a los demás. ¿Es la misma prodigalidad con la que Dios trata a la vida religiosa?
   El monte Moria es el lugar a donde debemos ir para gastarnos hasta el final. No es que esté muriendo la vieja vida religiosa: hace tiempo que murió. La cuestión decisiva para nosotros es preguntarnos: ¿qué quisiéramos estar haciendo cuando nos sorprenda la muerte?
El monte Moria no es un monte pequeño. Si queremos renovar la vida religiosa, nuestro compromiso nos exige que estemos preparados para ofrecerla enteramente en sacrificio.

El monte Carmelo, monte de la elección.     1Re. 18,20-40
   Desde el monte Carmelo, Elías desafió al pueblo para que eligiera entre el Dios verdadero y los falsos  dioses. Entre aquello que era realmente importante en la vida y lo secundario. Entre las cosas de Yahvé y las cosas de la religión. El monte Carmelo es el monte de la elección.
   Es un lugar común en la vida espiritual la llamada a distinguir entre lo bueno y lo mejor. Y, en este tiempo, somos nosotros los llamados a elegir de nuevo.
   En todas partes, nos hemos visto forzados a tomar, nuevamente, decisiones sobre nuestros servicios: ¿dónde necesitan de nosotros realmente ahora? ¿Qué deberíamos estar haciendo? ¿Qué le está pidiendo realmente la gente al Evangelio? ¿Qué gente nos espera para que expulsemos demonios en su favor, ahora mismo? 
   No basta hacer Iglesia en la vida religiosa. No basta tampoco hacer teología. No basta ni siquiera hacer “bien” en la vida religiosa. Estamos llamados a vivir el Evangelio de nuevo. Hoy. Debemos afrontar con decisión y de forma nueva cuestiones de nuestro tiempo. Hemos de desmentir la idea de que las buenas obras del pasado bastan ante las obras que se hacen necesarias en el presente. No solamente hemos de estar con los pobres. Tenemos que decidir qué es lo que debemos hacer para que sea lo mejor para ellos.
El monte Carmelo es el monte que nos invita a elegir de nuevo entre lo ordinario y lo carismáticamente extraordinario.

El Hermón y la profecía corporativa


   Desde tiempos inmemoriales, incluso antes del judaísmo, este monte, probablemente el monte más alto en Israel, fue siempre visto como una montaña sagrada. No sorprende, por tanto, que fuera precisamente en este monte Hermón donde Jesús se manifestó ante Pedro, Santiago, y Juan. No lo hizo con Natán el sacerdote, ni con David, el rey; ni con los líderes del estado o de la sinagoga, sino con Moisés y Elías.
   El monte Hermón es la clara llamada a las comunidades religiosas y a las congregaciones para que sean las claras e intrépidas voces, las voces proféticas, en un mundo demasiado alejado del silencio. Mientras tanto, el calentamiento global y los tratados sobre minas antipersona quedan ignorando; la clonación de los humanos es poco menos impensable, y las armas láser siguen desarrollándose en tiempos de paz.
   La pregunta que se lanza a las comunidades religiosas desde el monte Hermón es: ¿qué han puesto en cuestión últimamente?, ¿quién se ha enterado? ¿En favor de quien ha estado y se ha pronunciado últimamente la comunidad? Y ¿quién lo sabe?
   Cuando estuvimos a favor de la educación de los inmigrantes católicos y de la inserción social de los católicos en un mundo blanco, anglosajón y protestante, o en un mundo asiático hindú o budista o en un mundo americano indígena en cualquier parte del mundo, ¡todo el mundo se enteró! Entonces nadie nos tachó de meternos en política.
   Hubo un tiempo en el que nuestras comunidades, nuestras congregaciones, en cuanto comunidades y congregaciones, tuvieron una presencia audaz en la sociedad.
   Ahora, ciertamente, hay muchas personas que, a título individual, actúan proféticamente en las tareas públicas. Pero hay pocos signos, tal vez ninguno, de comunidades que, en cuanto tales, levantan una voz intrépida y profética.
   Si emergemos de un carisma que en un tiempo conmovió profundamente a la sociedad y respondió a sus necesidades, ese mismo carisma debería ser escuchado a través del grupo, y con claridad, en esta sociedad, hoy y ahora.
   Estos grandes edificios –residuos arquitectónicos de impulsos proféticos pasados- no salvarán una institución que fracasa en el uso de su fuerza corporativa, cuando ha de confrontarse con los poderes corporativos de este mundo. No se mantendrán porque los bienhechores lo quieran, o el obispo no lo apruebe, o –peor todavía- porque las mismas hermanas y hermanos se encuentran a disgusto ante esto.
   Una comunidad profética sólo se preocupa por la aprobación de los pobres, que están esperando que hablemos en su nombre.
El monte Hermón es la montaña que llama a las comunidades, en cuanto comunidades, a hacerse presentes, sin miedo, en favor de los pobres; hoy, aquí y ahora.

 

El monte Garizín, el de la espiritualidad femenina.


   Es el monte de Samaria sobre el que estuvo construido el templo que rivalizó con el de Jerusalén. Allí, Jesús convirtió en evangelizadora en su nombre a una mujer extranjera, seis veces divorciada, -lo que en la ley judía quería decir seis veces abandonada-. Este monte llama a la vida religiosa contemporánea –clara y escandalosamente- a responder al desafío que el feminismo comporta a una espiritualidad patriarcal en su origen, a una sociedad jerarquizada en sus estructuras y a un mundo tan unisexual en su visión, que da la impresión de ver con un solo ojo, escuchar con un solo oído y pensar sólo con la mitad de su cerebro. ¡Así lo parece!
   Un mundo que devasta sus selvas tropicales, que poluciona sus ríos, que golpea, esclaviza, malpaga y excluye a sus mujeres…; un mundo que amenaza la misma existencia
Del planeta en nombre de la “defensa”, está necesitando una nueva visión de sí mismo;
Necesita de la parte restante de la agenda humana, que ha de ser traída a las mesas donde se deliberan los temas del mundo, si queremos que la raza humana sea alguna vez “plenamente” humana. “Si conocieras el don de Dios para ti…,” dijo Jesús a la mujer. “Tú serías…”.
   Podemos oír claramente lo que esto implica: dejarías de esperar a otro para que te conceda el derecho para usarlo.
   “Un derecho –dijo el anterior procurador general de Estados Unidos, Ramsey Clarke- no es algo que alguien te concede. Un derecho es aquello que nadie tiene el derecho de arrebatarte”.
   Cuando las mujeres y los hombres subamos juntos al monte Garizín, las mujeres gritarán la Palabra que Cristo puso en sus corazones y los hombres aprenderán de nuevo de aquella voz. La Palabra de Jesús sigue siendo verdadera, sí. Pero, por desgracia, desesperadamente incompleta.
   “Llegará un tiempo…”, promete Jesús, en el que no ofrecemos culto en una montaña patriarcal, ni en cualquier otra –incluyendo obviamente a Jerusalén-.  Será un tiempo en que daremos culto juntos, en plenitud y en verdad –ambas verdades, la de ella, la de él-. ¿Cómo es posible que, ante el rostro  de la mujer junto al pozo, algunas religiones excluyan a las mujeres del centro del misterio - ¡en nombre de Dios!- y se puedan denominar “religiosas”?
   Mientras llegue ese tiempo, la idea de que una persona sana, desde un punto de vista psicológico y espiritual, -sean hombre o mujer- quiera entrar- en gran número- en una organización descaradamente sexista, pudiera parecer un sueño psicodélico.
   El monte Garizín es la montaña de la dimensión femenina de la fe.

El monte de las Bienaventuranzas.     (Mt. 5, 1-12) 
   Finalmente, nosotros, como Israel, nos vemos llamados a subir la montaña de las Bienaventuranzas. Allí nadie es excluido. Todo el mundo tiene un lugar en el corazón de Cristo. La montaña de las bienaventuranzas es el monte del corazón que espera.
   Ante una sociedad en la que –por término medio- una persona tendrá un mínimo de tres profesiones durante su vida; ante la Iglesia que decrece, pierde importancia el instrumento de evangelización que fue decisivo en otros tiempos: el sistema de la escuela católica. Ante la pastoral actual, las parroquias –centros en otro tiempo de desarrollo espiritual personal- sufren la falta de personal y son innecesarias o rechazadas para ofrecer algunos de sus clásicos servicios. Padecemos el síndrome de la “parroquia en venta”, ante un mundo pasajero, teológicamente dividido, y más independiente desde el punto de vista espiritual.
Hoy no estamos siendo llamados a ser los centros de educación, sanidad o los centros de oración del mundo. Estamos siendo llamados, tal vez, a ser su “núcleo espiritual”. Por eso no podemos seguir configurando nuestra vida según el estilo de las sociedades agrarias y de los sistemas inmutables.
   Estamos fallando a la ora de aprender de nuestras tradiciones religiosas –más antiguas que nosotros- que  la vida espiritual es una búsqueda universal, ciertamente, pero no una vocación universal.
   Los budistas, los hindúes, los sufíes… todos instituyen períodos intensos de instrucción espiritual en sus comunidades religiosas antes de embarcarse en una profesión o compromiso de por vida. La gente no va a los monasterios o conventos para profesar perpetuamente en una congregación religiosa, sino para encontrar una preparación seria y convertirse en una persona espiritual para el mundo.
   Creo que ha llegado el momento de ofrecer a los buscadores de espiritualidad el derecho a quedarse con nosotros durante períodos de tiempo y compromiso parciales. El tesoro que buscan es: sentido de la vida, proyección, oración desarrollo espiritual… En un mundo secular y estéril, ante el que sus exigencias, seducidos por sus falsas promesas, deberían ser capaces de encontrar en nosotros la orientación que necesitan para convertir sus vidas en proyectos de santidad en un tiempo de fragmentación.
Por primera vez en la historia moderna, los religiosos tenemos entre nuestros miembros teólogos, escrituristas, directores espirituales… y una visión ecuménica que nos hace capaces de llevar a una persona más allá de sí misma y abrirla hacia el auténtico núcleo de su vida y de la nuestra, tal como han sido llamadas para este mundo y ahora.
   No es verdad que le gente no se sienta atraída por nuestras comunidades. La gente se agrupa en torno a nuestros proyectos compartidos; entran a raudales en nuestras casas de espiritualidad o de retiro; se implican en nuestros servicios, con o sin retribución económica. Los valientes vienen a nuestros noviciados y postulantados.
¿de dónde vendrá esta forma de intenso crecimiento espiritual sino es de aquellos que mantienen con garantía los carismas de Cristo para el mundo?
El monte de las Bienaventuranzas es, sin duda, la montaña de la inclusividad. Éstas son, pues, las montañas de la vida religiosa que yo creo han de ser escaladas hoy si es que la vida religiosa tiene alguna razón o derecho de ser renovada. Israel se sintió llamado a ser un pueblo de gente que sube a la montaña. También nosotros nos sentimos llamados.
   “Cuanto más lejos está la gente del Sinaí –enseña el rabino-, más disminuida está”.
   -¿Cuánto tiempo hace que eres monje? –preguntó el buscador.
   -Un auténtico monje… no hace mucho –respondió el anciano-. Tardé cincuenta años en subir a la montaña de la decisión.
   -Antes de decidir, tienes que ver. ¿O es que primero decides y después ves? –volvió a preguntar el buscador.
   -Si aceptas mi consejo –dijo el anciano-, deja caer las preguntas y dirígete directamente hacia la montaña.
Si la vida religiosa no está seca, ni se la lleva el viento; si no está enferma por la falta de fe, ni a la espera de milagros que nunca llegarán, entonces, es que ha llegado el momento de dejar las preguntas y de ir directamente hacia las montañas, antes de que no haya montes que escalar.
   -“Anciana señora –dijo el posadero a la peregrina que se alojaba por una noche mientras se dirigía hacia el santuario-. Usted no será capaz de subir aquella montaña con estos monzones”.
   - “Oh, Señor –respondió la anciana-, no tendré ningún problema. Mire, mi corazón ha estado allí toda mi vida. Ahora sólo es cuestión de llevar allá también mi cuerpo”.
Si la vida religiosa ha de seguir siendo vida religiosa, preparar las comunidades y congregaciones para que suban y suba, allí donde Dios nos espera todavía. Ahora mismo, sin demora.
Hacerlo con entusiasmo, confiadamente. ¿Por qué? Porque lo que cura la ansiedad no es la nostalgia del pasado. Decía un chino: “Si está en el camino en el que estás, estate seguro de que llegarás a donde te encaminas”. Y, como dijo Boecio: “Cuando una etapa histórica esta muriendo, está haciendo nacer otra nueva”. No tenga miedo. ¡vivan! ¡ vivan! 

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