LA SALLE EN FEMENINO
sábado, 22 de noviembre de 2014
martes, 17 de junio de 2014
PENTECOSTÉS Y LO FEMENINO
La sabiduría es un concepto abstracto.
No tiene que ver necesariamente con una figura personal. pero, a pesar de ello,
parece que choma (sabiduría) era
originalmente una divinidad femenina, una figura mítica que más adelante, en el
judaísmo, se transforma en potencia divina masculina y abstracta.
La sabiduría es, en primer lugar, sabiduría
de la vida: sabiduría de la espera, de la aceptación y de la madurez. Está muy
cercana al crecimiento y a la totalidad. es un instinto creativo, comparable al
embarazo, que se realiza independientemente de la consciencia de la mujer. En
los libros de la sabiduría, la sabiduría se dirige al hijo, no a la hija. Es
como si nuestra mitad femenina hablara con la masculina. No se trata aquí de
hombre y mujer, sino de las posturas básicas masculinas y femeninas.
En el libro del Eclesiástico (Si. 24,9) se
dice: “Antes de los siglos, desde el principio, me creó, y por los siglos
subsistiré”. La sabiduría es un principio femenino que penetra el universo
entero. es un principio que va más allá de la muerte. Por ello, en el libro de
los Proverbios figura lo siguiente (Pr. 8,35 ss): “Porque el que me halla, ha hallado
la vida, ha logrado el favor de Yahveh. Pero el que me ofende, hace daño a su
alma; todos los que me odian, aman la
muerte”.
Las
enseñanzas de la sabiduría son una especie de “educación del ánima”, utilizando
la terminología de Jung. Lo femenino se dirige a lo masculino. Lo femenino es
más amplio, es lo creativo que estuvo presente en la creación del mundo, y
también es la fuente originaria de la vida en nosotros.
En occidente nos hemos desarrollado en una
dirección en la cuenta la acción, el trabajo realizado, y no el SER. Dominar,
dirigir, ordenar y actuar ocupan el primer lugar. En nuestra sociedad se enseña
y se valora la lógica y el saber intelectual.
Pero la sabiduría no es un saber
intelectual. Es el conocimiento de la naturaleza verdadera de las cosas. Es el
principio organizador, tanto en el universo como en el ser humano. Mientras que
el principio masculino se rebela y atenta con facilidad, de manera soberana,
contra el orden del universo, el principio femenino de la sabiduría se identifica
con el orden del universo, el principio femenino de la sabiduría se identifica
con el orden fundamental del mundo y, así, también con la voluntad de Dios.
Siendo el orden básico del mundo, es la voluntad de Dios mismo.
El elemento patriarcal ha creado los
mandamientos que exigen una obediencia incondicional y, a menudo, hasta
absurda. pueden ser tan intransigentes que vayan en contra de la naturaleza.
Muchas veces tiranizan a las personas; pensamos tan sólo en los mandamientos de
pureza para las mujeres, cuando tenían la menstruación.
La
sabiduría no se orienta hacia la voluntad masculina o autoritaria sino hacia el
orden cósmico que el individuo experimenta cuando se recoge en su fuero
interno. La sabiduría trata de la vida verdadera del ser humano. No es pensar en
opuestos sino experimentar la unidad y totalidad. Las imágenes de la sabiduría
son el árbol de la vida, que crece y se despliega desde dentro, y la fuente de
vida, de la cual fluye la sabiduría. Por ello, la sabiduría procede de una rama
tradicional de carácter fuertemente matriarcal, contraria a la posterior
tradición patriarcal del Yahveh de la Biblia. Es un complemento necesario de
imagen patriarcal de Dios y del ser humano. Pero también representa uno de
nuestros aspectos, que debemos aceptar y desplegar.
Pentecostés
En estos días de Pentecostés tiene lugar, en
esta Casa, un cursillo que se ocupa de la palabra y del contenido de la
sabiduría. La sabiduría es un concepto que se cita muy a menudo en la Biblia.
Al principio no se relacinaba con una persona, porque originalmente era el
término usado para referirse a la experiencia del Fondo originario inefable de
todo lo creado; se refería a la intimidad con lo divino sin una verdad fijada y
sin mediadores, sin templos ni sacerdotes. Lo inefable penetra en nuestra
consciencia mediante el mito, la danza, el ritual y los cantos y gestos
repetidos. Se incorpora al cuerpo y hace que las energías de la vida fluyan
libremente.
Pero la intimidad directa y vivida con lo
divino siempre es recogida por los seguidores de las personas místicas en
conceptos, imágenes y decretos. De esta forma lo inefable se vuelve a la
hoguera de la Inquisición, a la Yihad (guerra santa) y a las cruzadas.
Al principio, el término “sabiduría” se
refería a la experiencia de lo inexpresable, de aquello que no se puede
nombrar. Los textos originarios, que parecen haber sido modificados más
adelante por la religión patriarcal, eran muy diferentes de los textos
posteriores. Apoyándonos en los textos originales, el párrafo del Antiguo
Testamento del libro de los Proverbios Pr. 8,22 ss, que se habla de la
sabiduría, podría leerse como sigue:
“Antes que los
montes fuesen asentados, antes que las colinas, fui engendrada.
No había hecho aún
la tierra ni los campos, ni el polvo primordial del orbe.
Cuando asentó los
cielos, allí estaba yo, cuando trazó un círculo sobre la faz del abismo,
cuando arriba
condensó las nubes, cuando afianzó las fuentes del abismo, cuando al mar dio su
precepto - y las aguas no rebasarán su orilla - cuando asentó los cimientos de
la tierra,
yo estaba allí,
como arquitecto, y era yo todos los días su delicia, jugando en su presencia en
todo tiempo, jugando por el orbe de su tierra; y mis delicias están con los
hijos de los hombres.
Ahora pues, hijos,
escuchadme, dichosos los que guardan mis caminos.
Escuchad la
instrucción y haceos sabios, no la despreciéis.
Dichoso el hombre
que me escucha velando ante mi puerta cada día, guardando las jambas de mi
entrada.
Porque el que me
halla, ha hallado la vida, ha logrado el favor de Yahveh.
Pero el que me ofende, hace daño a su alma; todos los que
me odian, aman la muerte”.
Probablemente
el concepto de la sabiduría se ha ido convirtiendo con el paso del tiempo,
también en Occidente, en una figura femenina.
O sea,
toma la figura de mujer y se convierte
en divinidad, con un nombre y a la que nos podemos dirigir. A veces muestra los
rasgos de una mujer joven y atractiva, a veces los de una madre misericordiosa.
En las religiones occidentales se convirtió muchas veces en una mujer joven que
realiza la creación danzando. Su obrar es caprichoso porque crea a partir del
caos; es pura energía vital, con mucho brío, creatividad e inspiración.
En el Antiguo Testamento la sabiduría se
transforma en “ruah”. Ése término hebreo significa hálito, aliento. Muchas
veces significa más que esto, más que una persona, porque ruah está lleno de energía y dinamismo. Ruah es femenino. En nuestro idioma el término ha cambiado de
sexo y se convirtió en palabra griega pneuma y en la latina spiritus, se convirtió en el viento, el aliento, el espíritu en
algo masculino.
La lectura del Libro de la sabiduría del Antiguo Testamento que acabamos de escuchar muestra que
“sabiduría” designa la energía originaria creadora. Probablemente la
introducción al Evangelio de san Juan es tan sólo la modificación de un texto
matriarcal antiquísimo. Ese texto podría haber sido originalmente como sigue: (Jn. 1,1-16)
“En el principio
existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios.
Ella estaba en el
principio con Dios.
Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo
nada de cuanto existe.
En ella estaba la vida y la vida era la luz de
los hombres,
y la luz brilla en las tinieblas, y las
tinieblas no la vencieron.
Hubo un hombre, enviado por Dios: se llamaba
Juan.
Este vino para un testimonio, para dar
testimonio de la luz, para que todos creyeran por él.
No era él la luz, sino quien debía dar
testimonio de la luz.
La Palabra era la luz verdadera que ilumina a
todo hombre que viene a este mundo.
En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por
ella, y el mundo no la conoció.
Vino a su casa, y los suyos no la recibieron.
Pero a todos los que la recibieron les dio
poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre;
la cual no nació de sangre, ni de deseo de
hombre, sino que nació de Dios.
Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada
entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como
Hijo único, lleno de gracia y de verdad.
Juan da testimonio de él y clama: «Este era
del que yo dije: El que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque
existía antes que yo.»
Pues de su plenitud
hemos recibido todos, y gracia por gracia”.
La sabiduría se convierte en aliento,
espíritu y pneuma. El carácter originario femenino sigue resonando si
modificamos en femenino el himno de Pentecostés.
Sabemos que Dios no es ni masculino ni
femenino. Las imágenes de Dios pueden facilitarnos el acceso a lo divino sin
imágenes, o bien cerrar ese acceso. Pero ese acceso es demasiado unilateral
debido a las imágenes patriarcales, como Señor, Rey y Juez. De ahí que sea
bueno familiarizarnos nuevamente con los términos femeninos de la Realidad originaria
divina. Si nuestra imagen de Dios se complementara con los rasgos femeninos de
la misericordia, de la curación y la solicitud, no habría tantas neurosis de
origen eclesial, causadas por el Dios masculino imaginado como juez.
El Dios de Jesús es un Dios protector con
rasgos femeninos. Os recuerdo la parábola del hijo pródigo. Cuando el hijo
vuelve a casa, el padre parece más bien una madre que viniste de nuevo al hijo,
la coloca un anillo e el dedo y celebra una fiesta.
Pero, a fin de cuentas, no se trata de
cimentar nuestra imagen de Dios en los rasgos femeninos de la sabiduría; se
trata más bien de reconocerlos en nosotros mismos y despertarlos a la vida.
Esto ocurre cuando
vivificamos la sabiduría, ese Espíritu originario, al invocarlo.
Nuestra oración final es: ¡Espíritu Santo,
dame tu aliento! Si soy como un barco sin viento, llena mis velas con tu
hálito. Si soy como un fuego mortecino, aviva mis llamas. Si soy un pájaro con
las alas rotas, cúrame con tu soplo. Si me quedo exhausto antes de llegar a la
meta, sé tú un vendaval que me siga llevando. El Espíritu Santo llena el globo
entero. En él todo tiene su existencia.
La sabiduría es, pues, la Realidad primera
que aún carece de nombre. Es comparable a lo que el maestro Eckhart quiso
describir con el término “divinidad”, que es la crea luego el Dios al que se le
puede dirigir la palabra. La divinidad en Eckhart es algo que rebosa, se
desborda, algo que se crea a sí mismo. En cambio, Dios es algo que puede
comprenderse, es algo que ya ha salidos del Fondo indecible y no comprensible
mediante la razón, del Fondo originario, como lo denomina la mística.
LAS 8 MONTAÑAS DE LA VIDA CONSAGRADA
EL SINAÍ, MONTE DE LA ESPIRITUALIDAD. Exodo, 3
El
Sinaí ha sido para Israel la montaña más importante. Allí habló Dios a Moisés
en la zarza ardiente y le dijo: “Moisés, no te acerques. Quítate las sandalias,
porque la tierra que pisas es sagrada”.
Fue en
el Sinaí donde Yahvé entregó la ley que conduciría a Israel más allá del
narcisismo hasta su mejor y más verdadera identidad. Fue en el Sinaí donde Dios
habló a Elías; no en el viento que azota, ni en el ruido, sino en el silencio
contemplativo de su corazón.
El
Sinaí es la montaña de la espiritualidad. Es la montaña que conocen bien los
religiosos. Durante muchos años, una espiritualidad centrada en la negación
impidió que pudiéramos aprender de la vida que nos envuelve. La montaña de la
espiritualidad nos dice que allá, en el Sinaí, hay mucha más vida de negación.
Allí están el amor de Dios y su presencia; la llamada de Dios y su bondad, para
que cada uno de nosotros la saboree. La montaña de la espiritualidad es la
montaña que nos ha seducido, nos ha atraído, nos ha centrado y que nos promete
vida. Es la montaña que hemos rastreado con seguridad y abandono.
En ella hemos aprendido a compartir la fe,
la disciplina de la oración personal y de los ritos comunitarios. A sus pies
hemos estudiado la sagrada Escritura. Conocemos la teología de la liturgia.
Sabemos que la vida espiritual, la historia de Jesús, el Evangelio, son fuente
y manantial, suelo e imán sin los cuales moriríamos de sed o ahogados por falta
de alma. Sin ellas no seríamos sino trabajadores sociales que viven juntos sin
ninguna gran razón que nos impulse a ello.
¡Sinaí,
montaña de la espiritualidad! Es la que mantiene atentos nuestros ojos a las
señales que Dios nos emite a su paso.
Gelboé o el placer de dejarse llevar. ( 1Sam. 31)
Fue
allí donde murió Saúl – por aquel tiempo, rey de Israel – y, con él, Jonatán,
su hijo, dejando así expedito el camino para David y la llegada de una vida
nueva.
En
Gelboé, el viejo y grandioso mundo se difumina y diluye ante la vista,
haciéndonos pasar una visión a otra: de la rigidez vengativa de Saúl –de quien
la Escritura dice: “Dios se arrepintió de haber hecho rey a Saúl” -, al encanto
vital y el gusto por la vida de David. Gelboé es la montaña del dejarse llevar.
Durante casi cuarenta años, los religiosos
hemos estado escalando la montaña de la
renovación: hemos evaluado cada fase de la vida; hemos re-examinado nuestras
reorganizando todo lo organizable, sin dejar nada de nuestra vida por revisar.
Nos hemos situado más allá del rigorismo, hemos aprendido nuevas formas de ver
lo nuevo, y hemos descubierto también nuevos caminos para mirar las viejas
realidades.
También hemos dicho “sí” a un futuro basado
en nuestra capacidad de disfrutar de Dios, del pueblo al que servimos, de las
cosas que hacemos, de disfrutar de la misma vida espiritual. Hemos abandonado
una forma de vida religiosa dependiente, inmadura, militar e infantilizada para
poder decir sí y acoger una nueva vida digna, capaz de interpelar a los demás y
de ser vida digna, capaz de interpelar a los demás y de ser vivida por nosotros
mismos “con arpas y cítaras”, como David; para disfrutarla. El monte de Gelboé es el monte del encanto de
soltar amarras.
El monte de los Olivos, la montaña de la
solidaridad. ( Lc.
22,39)
El
monte de los Olivos nos vuelve a desafiar. Allí, con la crucifixión de Jesus,
Israel se ve confrontado con la necesidad de optar: o el sistema establecido de
los rabinos en el viejo templo, o las sofocadas profecías del siervo de Yahvé
sufriente, Mesías de la mansedumbre.
Dicho con claridad y sin rodeos: el monte de
los Olivos es el monte de la solidaridad con los pobres oprimidos.
Durante mucho tiempo, la vida religiosa ha
reivindicado su origen a los pies de la cruz, es decir, en las zonas más
deprimidas del mundo, con los más olvidados de la humanidad. Esto lo hacéis
también hoy vosotras y vosotros. ¿Qué carisma religioso sería aquel que no
hubiera nacido del amor y de la atención hacia los abandonados, de la compasión
hacia los rechazados, del sentirse profundamente afectados por la exclusión o
de la preocupación por quienes no pueden acceder al alimento básico del cuerpo,
o al desarrollo de su mente, del que nosotros gozamos; o de aquellos que son
dejados –por cualquier motivo social- en los márgenes del sistema, en lo peor
de lo peor, hasta que mueran?
También hoy constatamos esto: hay religiosos
y religiosas en los comedores de beneficencia y en los lugares de asilo, en
centros de hospitalidad y en juzgados; en la televisión y en otros medios de
comunicación; en barrios de chabolas; dando clases de alfabetización junto a
centros de acogida; en zonas militarizadas o completamente insertos en barrios
peligrosos que nunca son visitados por la “gente bien”.
Y ellas
y ellos están allí para ser una voz, precisamente, donde las voces de los
pobres nunca son escuchadas.
La vida religiosa, sobrecargada con los
ministerios para los pobres, se esfuerza por subir una vez más al monte de los
Olivos, al monte que nos recuerda quiénes son las personas por las que vivimos
entre Galilea y Jerusalén, y no las pierde de vista.
Sinaí, Gelboé y el monte de los Olivos –
espiritualidad, renovación e identificación con los pobres-, son las montañas a
las que hemos de subir todos: tú, yo y nuestras congregaciones, con una buena
dosis de diligencia y gozo, sintiendo que ése es nuestro destino.
Pero hay otras montañas hacia las que
nuestro Dios nos conduce y que también hemos de escalar. La vida religiosa,
como Israel, deberá siempre volver cantando a Sión.
K.
Gibran escribió en otro lugar: “El obstáculo que encontramos para conseguir
nuestra meta es el camino más corto para conseguirla”. Si queremos llevar a
cabo la renovación de la vida religiosa debemos hacer frente y escalar- como
los hijos de Israel- aquellas otras montañas en las que no han acontecido
aquellos milagros; aquellas montañas a las que la fe nos mueve, sin ahorrarnos
su dificultad.
El monte Moria, el monte del sacrificio. (Gn. 22, 1-2)
A este monte fue llamado Abraham para que
sacrificara a Isaac, su hijo, su todo, su futuro y su pasado. Sabemos que fue
para él un momento estremecedor, porque también lo es para nosotros.
Precisamente, cuando las cosas se nos ponen
mal, precisamente cuando nuestros recursos son muy escasos, precisamente cuando
nuestros números decrecen y están bajo mínimos, bien porque así fue desde el
principio, o porque –aunque elevados- son inestables e inseguros; justamente
entonces, cuando nuestra energía decae y nuestra ancianidad no tiene herederos,
somos llamados, como Abraham, al monto del sacrificio. No a proteger el
presente, ni a conservar para el sacrificio. No a proteger el presente, ni a
conservar para el futuro, sino a arriesgarlo todo.
El monte Moria es el monte del sacrificio. A
un cierto nivel, ya hemos subido a este monte. Después de todo, aquí estamos,
vosotros y yo. Aún estamos en el seguimiento –aun en la oscuridad-; aún
esperamos encontrar el carnero entre los matorrales. Nuestro subir a la montaña
es un subir lleno de dudas, lleno de reservas. No nos entregamos a lo nuevo
totalmente, sino con reservas, cautelosamente, sin abandonar los “buenos negocios”
a los que Judas se refería cuando dijo aquél día con enfado: “Éste perfume
podría haber sido vendido por trescientos denarios”.
La casa madre de una congregación en Estados
Unidos llegó el año pasado al acuerdo de acoger a un pequeño grupo de seis
mujeres maltratadas y sin hogar. Ninguna
de ellas había visto en su vida un convento por dentro. Les causaba mucho
respeto aquel lugar sagrado. No una hermana cualquiera, sino la misma
organizadora, se mostró molesta mientras les dijo que no les estaba permitido
acceder a la sala de comunidad de las hermanas para ver la televisión en color.
Sí podrían ver, en el otro extremo de la residencia, en el ático, una
televisión en blanco y negro, pero sólo después de que las hermanas fueran a
acostarse.
No es malo ser realista en nuestros gastos,
¡por supuesto! Lo malo es comprobar eso de calcular los costes pueda ser tan
sólo una bonita expresión para ocultar nuestra falta de sacrificio. Tal vez,
necesitamos recordar la historia y verificar de nuevo la prodigalidad y la
gratuidad con la que la vida religiosa trata a los demás. ¿Es la misma
prodigalidad con la que Dios trata a la vida religiosa?
El monte Moria es el lugar a donde debemos
ir para gastarnos hasta el final. No es que esté muriendo la vieja vida
religiosa: hace tiempo que murió. La cuestión decisiva para nosotros es
preguntarnos: ¿qué quisiéramos estar haciendo cuando nos sorprenda la muerte?
El
monte Moria no es un monte pequeño. Si queremos renovar la vida religiosa,
nuestro compromiso nos exige que estemos preparados para ofrecerla enteramente
en sacrificio.
El monte Carmelo,
monte de la elección. 1Re. 18,20-40
Desde el monte Carmelo, Elías desafió al
pueblo para que eligiera entre el Dios verdadero y los falsos dioses. Entre aquello que era realmente
importante en la vida y lo secundario. Entre las cosas de Yahvé y las cosas de
la religión. El monte Carmelo es el monte de la elección.
Es un lugar común en la vida espiritual la
llamada a distinguir entre lo bueno y lo mejor. Y, en este tiempo, somos
nosotros los llamados a elegir de nuevo.
En todas partes, nos hemos visto forzados a
tomar, nuevamente, decisiones sobre nuestros servicios: ¿dónde necesitan de
nosotros realmente ahora? ¿Qué deberíamos estar haciendo? ¿Qué le está pidiendo
realmente la gente al Evangelio? ¿Qué gente nos espera para que expulsemos
demonios en su favor, ahora mismo?
No basta hacer Iglesia en la vida religiosa.
No basta tampoco hacer teología. No basta ni siquiera hacer “bien” en la vida
religiosa. Estamos llamados a vivir el Evangelio de nuevo. Hoy. Debemos
afrontar con decisión y de forma nueva cuestiones de nuestro tiempo. Hemos de
desmentir la idea de que las buenas obras del pasado bastan ante las obras que
se hacen necesarias en el presente. No solamente hemos de estar con los pobres.
Tenemos que decidir qué es lo que debemos hacer para que sea lo mejor para
ellos.
El
monte Carmelo es el monte que nos invita a elegir de nuevo entre lo ordinario y
lo carismáticamente extraordinario.
El Hermón y la profecía corporativa
Desde tiempos inmemoriales, incluso antes
del judaísmo, este monte, probablemente el monte más alto en Israel, fue
siempre visto como una montaña sagrada. No sorprende, por tanto, que fuera
precisamente en este monte Hermón donde Jesús se manifestó ante Pedro,
Santiago, y Juan. No lo hizo con Natán el sacerdote, ni con David, el rey; ni
con los líderes del estado o de la sinagoga, sino con Moisés y Elías.
El monte Hermón es la clara llamada a las
comunidades religiosas y a las congregaciones para que sean las claras e
intrépidas voces, las voces proféticas, en un mundo demasiado alejado del
silencio. Mientras tanto, el calentamiento global y los tratados sobre minas
antipersona quedan ignorando; la clonación de los humanos es poco menos
impensable, y las armas láser siguen desarrollándose en tiempos de paz.
La pregunta que se lanza a las comunidades
religiosas desde el monte Hermón es: ¿qué han puesto en cuestión últimamente?,
¿quién se ha enterado? ¿En favor de quien ha estado y se ha pronunciado
últimamente la comunidad? Y ¿quién lo sabe?
Cuando estuvimos a favor de la educación de
los inmigrantes católicos y de la inserción social de los católicos en un mundo
blanco, anglosajón y protestante, o en un mundo asiático hindú o budista o en
un mundo americano indígena en cualquier parte del mundo, ¡todo el mundo se
enteró! Entonces nadie nos tachó de meternos en política.
Hubo un tiempo en el que nuestras
comunidades, nuestras congregaciones, en cuanto comunidades y congregaciones,
tuvieron una presencia audaz en la sociedad.
Ahora, ciertamente, hay muchas personas que,
a título individual, actúan proféticamente en las tareas públicas. Pero hay
pocos signos, tal vez ninguno, de comunidades que, en cuanto tales, levantan
una voz intrépida y profética.
Si emergemos de un carisma que en un tiempo
conmovió profundamente a la sociedad y respondió a sus necesidades, ese mismo
carisma debería ser escuchado a través del grupo, y con claridad, en esta
sociedad, hoy y ahora.
Estos grandes edificios –residuos
arquitectónicos de impulsos proféticos pasados- no salvarán una institución que
fracasa en el uso de su fuerza corporativa, cuando ha de confrontarse con los
poderes corporativos de este mundo. No se mantendrán porque los bienhechores lo
quieran, o el obispo no lo apruebe, o –peor todavía- porque las mismas hermanas
y hermanos se encuentran a disgusto ante esto.
Una comunidad profética sólo se preocupa por
la aprobación de los pobres, que están esperando que hablemos en su nombre.
El
monte Hermón es la montaña que llama a las comunidades, en cuanto comunidades,
a hacerse presentes, sin miedo, en favor de los pobres; hoy, aquí y ahora.
El monte Garizín, el de la espiritualidad
femenina.
Es el monte de Samaria sobre el que estuvo
construido el templo que rivalizó con el de Jerusalén. Allí, Jesús convirtió en
evangelizadora en su nombre a una mujer extranjera, seis veces divorciada, -lo
que en la ley judía quería decir seis veces abandonada-. Este monte llama a la
vida religiosa contemporánea –clara y escandalosamente- a responder al desafío
que el feminismo comporta a una espiritualidad patriarcal en su origen, a una
sociedad jerarquizada en sus estructuras y a un mundo tan unisexual en su
visión, que da la impresión de ver con un solo ojo, escuchar con un solo oído y
pensar sólo con la mitad de su cerebro. ¡Así lo parece!
Un mundo que devasta sus selvas tropicales,
que poluciona sus ríos, que golpea, esclaviza, malpaga y excluye a sus
mujeres…; un mundo que amenaza la misma existencia
Del
planeta en nombre de la “defensa”, está necesitando una nueva visión de sí
mismo;
Necesita
de la parte restante de la agenda humana, que ha de ser traída a las mesas
donde se deliberan los temas del mundo, si queremos que la raza humana sea
alguna vez “plenamente” humana. “Si conocieras el don de Dios para ti…,” dijo
Jesús a la mujer. “Tú serías…”.
Podemos oír claramente lo que esto implica:
dejarías de esperar a otro para que te conceda el derecho para usarlo.
“Un derecho –dijo el anterior procurador
general de Estados Unidos, Ramsey Clarke- no es algo que alguien te concede. Un
derecho es aquello que nadie tiene el derecho de arrebatarte”.
Cuando las mujeres y los hombres subamos
juntos al monte Garizín, las mujeres gritarán la Palabra que Cristo puso en sus
corazones y los hombres aprenderán de nuevo de aquella voz. La Palabra de Jesús
sigue siendo verdadera, sí. Pero, por desgracia, desesperadamente incompleta.
“Llegará un tiempo…”, promete Jesús, en el
que no ofrecemos culto en una montaña patriarcal, ni en cualquier otra
–incluyendo obviamente a Jerusalén-.
Será un tiempo en que daremos culto juntos, en plenitud y en verdad
–ambas verdades, la de ella, la de él-. ¿Cómo es posible que, ante el
rostro de la mujer junto al pozo,
algunas religiones excluyan a las mujeres del centro del misterio - ¡en nombre
de Dios!- y se puedan denominar “religiosas”?
Mientras llegue ese tiempo, la idea de que
una persona sana, desde un punto de vista psicológico y espiritual, -sean
hombre o mujer- quiera entrar- en gran número- en una organización
descaradamente sexista, pudiera parecer un sueño psicodélico.
El monte Garizín es la montaña de la
dimensión femenina de la fe.
El monte de las Bienaventuranzas. (Mt. 5, 1-12)
Finalmente, nosotros, como Israel, nos vemos
llamados a subir la montaña de las Bienaventuranzas. Allí nadie es excluido.
Todo el mundo tiene un lugar en el corazón de Cristo. La montaña de las
bienaventuranzas es el monte del corazón que espera.
Ante una sociedad en la que –por término
medio- una persona tendrá un mínimo de tres profesiones durante su vida; ante
la Iglesia que decrece, pierde importancia el instrumento de evangelización que
fue decisivo en otros tiempos: el sistema de la escuela católica. Ante la
pastoral actual, las parroquias –centros en otro tiempo de desarrollo
espiritual personal- sufren la falta de personal y son innecesarias o
rechazadas para ofrecer algunos de sus clásicos servicios. Padecemos el
síndrome de la “parroquia en venta”, ante un mundo pasajero, teológicamente
dividido, y más independiente desde el punto de vista espiritual.
Hoy no
estamos siendo llamados a ser los centros de educación, sanidad o los centros
de oración del mundo. Estamos siendo llamados, tal vez, a ser su “núcleo
espiritual”. Por eso no podemos seguir configurando nuestra vida según el
estilo de las sociedades agrarias y de los sistemas inmutables.
Estamos fallando a la ora de aprender de
nuestras tradiciones religiosas –más antiguas que nosotros- que la vida espiritual es una búsqueda universal,
ciertamente, pero no una vocación universal.
Los budistas, los hindúes, los sufíes… todos
instituyen períodos intensos de instrucción espiritual en sus comunidades
religiosas antes de embarcarse en una profesión o compromiso de por vida. La
gente no va a los monasterios o conventos para profesar perpetuamente en una
congregación religiosa, sino para encontrar una preparación seria y convertirse
en una persona espiritual para el mundo.
Creo que ha llegado el momento de ofrecer a
los buscadores de espiritualidad el derecho a quedarse con nosotros durante
períodos de tiempo y compromiso parciales. El tesoro que buscan es: sentido de
la vida, proyección, oración desarrollo espiritual… En un mundo secular y
estéril, ante el que sus exigencias, seducidos por sus falsas promesas,
deberían ser capaces de encontrar en nosotros la orientación que necesitan para
convertir sus vidas en proyectos de santidad en un tiempo de fragmentación.
Por
primera vez en la historia moderna, los religiosos tenemos entre nuestros
miembros teólogos, escrituristas, directores espirituales… y una visión
ecuménica que nos hace capaces de llevar a una persona más allá de sí misma y
abrirla hacia el auténtico núcleo de su vida y de la nuestra, tal como han sido
llamadas para este mundo y ahora.
No es verdad que le gente no se sienta
atraída por nuestras comunidades. La gente se agrupa en torno a nuestros
proyectos compartidos; entran a raudales en nuestras casas de espiritualidad o
de retiro; se implican en nuestros servicios, con o sin retribución económica.
Los valientes vienen a nuestros noviciados y postulantados.
¿de
dónde vendrá esta forma de intenso crecimiento espiritual sino es de aquellos
que mantienen con garantía los carismas de Cristo para el mundo?
El
monte de las Bienaventuranzas es, sin duda, la montaña de la inclusividad.
Éstas son, pues, las montañas de la vida religiosa que yo creo han de ser
escaladas hoy si es que la vida religiosa tiene alguna razón o derecho de ser
renovada. Israel se sintió llamado a ser un pueblo de gente que sube a la
montaña. También nosotros nos sentimos llamados.
“Cuanto más lejos está la gente del Sinaí
–enseña el rabino-, más disminuida está”.
-¿Cuánto tiempo hace que eres monje? –preguntó
el buscador.
-Un auténtico monje… no hace mucho –respondió
el anciano-. Tardé cincuenta años en subir a la montaña de la decisión.
-Antes de decidir, tienes que ver. ¿O es que
primero decides y después ves? –volvió a preguntar el buscador.
-Si aceptas mi consejo –dijo el anciano-,
deja caer las preguntas y dirígete directamente hacia la montaña.
Si la
vida religiosa no está seca, ni se la lleva el viento; si no está enferma por
la falta de fe, ni a la espera de milagros que nunca llegarán, entonces, es que
ha llegado el momento de dejar las preguntas y de ir directamente hacia las
montañas, antes de que no haya montes que escalar.
-“Anciana señora –dijo el posadero a la
peregrina que se alojaba por una noche mientras se dirigía hacia el santuario-.
Usted no será capaz de subir aquella montaña con estos monzones”.
- “Oh, Señor –respondió la anciana-, no
tendré ningún problema. Mire, mi corazón ha estado allí toda mi vida. Ahora
sólo es cuestión de llevar allá también mi cuerpo”.
Si la
vida religiosa ha de seguir siendo vida religiosa, preparar las comunidades y
congregaciones para que suban y suba, allí donde Dios nos espera todavía. Ahora
mismo, sin demora.
Hacerlo
con entusiasmo, confiadamente. ¿Por qué? Porque lo que cura la ansiedad no es
la nostalgia del pasado. Decía un chino: “Si está en el camino en el que estás,
estate seguro de que llegarás a donde te encaminas”. Y, como dijo Boecio:
“Cuando una etapa histórica esta muriendo, está haciendo nacer otra nueva”. No
tenga miedo. ¡vivan! ¡ vivan!
miércoles, 30 de abril de 2014
MARIALIS CULTUS (estudio de Mariología)
Exhortación Apostólica de S.S. Pablo VI, 1974 (Resumen)
La devoción de la Iglesia hacia la Santísima Virgen pertenece a la naturaleza misma del culto cristiano. La veneración que siempre y en todo lugar ha manifestado a la Madre del Señor, desde la bendición de Isabel hasta las expresiones de alabanza y súplica de nuestro tiempo, constituye un sólido testimonio de cómo la «lex orandi» (el culto) es una invitación a reavivar en las conciencias la «lex credendi» (la fe). Y viceversa: la «lex credendi» de la Iglesia requiere que por todas partes florezca lozana la «lex orandi» en relación con la Madre de Cristo.
El culto a la Virgen tiene raíces profundas en la Palabra revelada y sólidos fundamentos en las verdades de la doctrina católica, tales como:
- la singular dignidad de María, Madre del Hijo de Dios y, por lo mismo, Hija predilecta del Padre y templo del Espíritu Santo; por tal extraordinaria gracia aventaja con mucho a todas las demás criaturas, celestiales y terrestres;
- su cooperación incondicional en momentos decisivos de la obra de la salvación llevada a cabo por su Hijo;
- su santidad, que ya era plena en el momento de su concepción inmaculada y que, no obstante, fue creciendo más y más a medida que se adhería a la voluntad del padre y recorría el camino del sufrimiento, progresando constantemente en te, esperanza y caridad;
- su misión y el puesto que ocupa, único en el Pueblo de Dios, del que es al mismo tiempo miembro eminente, ejemplar acabado y Madre amantísima;
- su incesante y eficaz intercesión, mediante la cual, aun habiendo sido asunta al cielo, sigue mostrándose cercana a los fieles que la suplican y aun a aquellos que ignoran que realmente son hijos suyos;
- su gloria, en fin, que ennoblece a todo el género humano, como lo expresó maravillosamente el poeta Dante: «tu eres aquella que ennobleció tanto la naturaleza humana, que su Creador no desdeñó convertirse en hechura tuya»; en efecto, María pertenece a nuestra estirpe como verdadera hija de Eva, aunque ajena a la mancha de la madre, y verdadera hermana nuestra, que ha compartido en todo nuestra condición, como mujer humilde y pobre.
Añadiremos que el culto a la Virgen tiene su razón última en el designio insondable y libre de Dios, el cual, siendo amor eterno y divino, lleva a cabo todo según un designio de amor: la amó y obró en ella maravillas; la amó por sí mismo, la amó por nosotros; se la dio a sí mismo y nos la dio a nosotros.
Cristo es el único camino al Padre, Cristo es el modelo supremo al que el discípulo debe conformar la propia conducta, hasta lograr tener sus mismos sentimientos, vivir su vida y poseer su Espíritu. Esto es lo que la Iglesia ha enseñado en todo tiempo y nada en la acción pastoral debe oscurecer esta doctrina.
Pero la misma Iglesia, guiada por el Espíritu Santo y amaestrada por una experiencia secular, reconoce que también el culto a la Virgen María, de modo subordinado al culto que rinde al Salvador y en conexión con él, tiene una gran eficacia pastoral y constituye una fuerza renovadora de la vida cristiana.
La razón de dicha eficacia se intuye fácilmente. La múltiple misión que la Virgen María ejerce para con el Pueblo de Dios es una realidad sobrenatural que actúa eficazmente en la comunidad eclesial.
Será útil considerar los diversos aspectos de dicha misión y ver cómo todos se orientan, cada uno con su eficacia propia, hacia el mismo fin: reproducir en los hijos los rasgos espirituales del Hijo primogénito.
Queremos decir que la maternal intercesión de la Virgen, su ejemplar santidad y la gracia de Dios que hay en ella, se convierten para el género humano en motivo de esperanza sobrenatural.
La misión maternal encomendada a María invita constantemente al Pueblo de Dios a dirigirse con filial confianza a Aquella que está siempre dispuesta a acoger sus oraciones con amor de Madre y con eficaz ayuda de Auxiliadora. Por eso el Pueblo de Dios la invoca como «consoladora de los afligidos», «salud de los enfermos» y «refugio de los pecadores», para obtener consuelo en la tribulación, alivio en la enfermedad y fuerza liberadora en el pecado. Y en verdad Ella, la libre de todo pecado, conduce a sus hijos a vencer con enérgica determinación el pecado. Y, hay que afirmarlo nuevamente, esta liberación del pecado es la condición necesaria para toda renovación de las costumbres cristianas.
La santidad ejemplar de la Virgen mueve a los fieles a levantar sus ojos hacia María, la cual brilla como modelo de virtud ante toda la comunidad de los elegidos. Y se trata de virtudes sólidas, evangélicas: la fe y la dócil aceptación de la Palabra de Dios; la obediencia generosa; la humildad sincera; la solícita caridad; la sabiduría reflexiva; la verdadera piedad, que la mueve a cumplir sus deberes religiosos, a expresar su acción de gracias por los bienes recibidos, a ofrecer en el Templo y a tomar parte en la oración de la comunidad apostólica; la fortaleza en el destierro y en el dolor; la pobreza llevada con dignidad y confianza en el Señor; el vigilante cuidado hacia el Hijo desde la humildad de la cuna hasta la ignominia de la Cruz; la delicadeza en el servicio; la pureza virginal y el fuerte y casto amor esponsal.
De estas virtudes de la Madre se adornarán los hijos, que con tenaz propósito contemplan sus ejemplos para imitarlos en la propia vida. Y tal progreso en la virtud aparecerá como consecuencia y fruto maduro de aquella fuerza pastoral que brota del culto tributado a la Virgen María.
La devoción hacia la Madre del Señor ofrece a los fieles ocasión de crecer en la gracia divina: finalidad última de toda acción pastoral. Porque es imposible honrar a la llena de gracia sin valorar en sí mismo el don de la gracia, es decir, la amistad con Dios, la comunión de vida con El, la inhabitación del Espíritu. Esta gracia divina afecta a todo el hombre y lo hace conforme a la imagen del Hijo.
La Iglesia católica, apoyada en su experiencia secular, reconoce en la devoción a la Virgen una poderosa ayuda para que el hombre llegue a conseguir la plenitud de su vida. María, la «mujer nueva», está junto a Cristo, «el hombre nuevo», a la luz de cuyo misterio encuentra sentido el misterio del hombre. Y es así como prenda y garantía de que en una persona de nuestra raza humana, en María, se ha realizado ya el proyecto de Dios para salvar a todo el hombre.
Al hombre contemporáneo, frecuentemente zarandeado entre la angustia y la esperanza, postrado por la sensación de sus límites, asaltado por aspiraciones sin fin, turbado en el ánimo y dividido en el corazón, la mente suspendida por el enigma de la muerte, oprimido por la soledad mientras tiende fuertemente a la comunicación con los demás, presa de sentimientos de náusea y hastío; a este hombre contemporáneo, la Virgen, contemplada en las circunstancias de su vida terrena o en la felicidad de que goza ya en la Ciudad de Dios, ofrece una visión serena y una palabra tranquilizadora: es una garantía de que la esperanza triunfará sobre la angustia, la comunión sobre la soledad, la paz sobre la turbación, la alegría y la belleza sobre el tedio y la náusea, las perspectivas eternas sobre los deseos terrenos, la vida sobre la muerte.
Sean como el sello de nuestra exhortación y una nueva prueba del valor pastoral de la devoción a la Virgen para conducir los hombres a Cristo, las mismas palabras que Ella dirigió a los criados en las bodas de Caná: «haced lo que El os diga». Palabras que en apariencia se limitan al deseo de poner remedio a la incómoda situación de un banquete, pero que en verdad, si consideramos las perspectivas del cuarto evangelio, son una frase en la que parece resonar la fórmula usada por el Pueblo de Israel para ratificar la Alianza del Sinaí o para renovar los compromisos allí adquiridos, y son también totalmente conformes con la palabra del Padre en la aparición del monte Tabor: «escuchadle».
Nos ha parecido bien, venerables Hermanos, tratar extensamente de este culto a la Madre del Señor, por ser parte integrante del culto cristiano. Lo pedía la importancia de la materia, objeto de estudio, de revisión y también de controversias en estos últimos años.
Nos conforta pensar que el trabajo realizado para poner en práctica las normas del Concilio, por parte de la Sede Apostólica y por vosotros mismos, sobre todo en la reforma de la liturgia, está siendo una gran ayuda para que se tribute a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo un culto cada vez más vivo y consciente y para que vaya creciendo la vida cristiana de los fieles. Es también un motivo de confianza el constatar que la renovada liturgia romana constituye un claro testimonio de la devoción de la Iglesia hacia la Virgen María. Nos sostiene además la esperanza de que serán sinceramente aceptadas y puestas en práctica las directrices para hacer dicha devoción cada vez más vigorosa. Y finalmente nos alegra la oportunidad que el Señor nos ha concedido de ofrecer estas consideraciones sobre algunos puntos doctrinales, con los que esperamos crezca la estima y se renueve y confirme la práctica del Rosario.
Consuelo, confianza, esperanza y alegría que, uniendo nuestra voz a la de la Virgen en su Magnificat, deseamos traducir en ferviente alabanza y acción de gracias al Señor.
Mientras deseamos, pues Hermanos queridos, que gracias a vuestro empeño diligente, se produzca en el clero y en el pueblo confiado a vuestros cuidados, un saludable incremento de la devoción mariana, con indudable provecho para la Iglesia y la sociedad humana, impartimos de corazón a vosotros y a todos los fieles encomendados a vuestra solicitud pastoral, una especial Bendición Apostólica.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 2 de febrero, fiesta de la Presentación del Señor, del año 1974, undécimo de nuestro Pontificado.
SS Pablo VI
La devoción de la Iglesia hacia la Santísima Virgen pertenece a la naturaleza misma del culto cristiano. La veneración que siempre y en todo lugar ha manifestado a la Madre del Señor, desde la bendición de Isabel hasta las expresiones de alabanza y súplica de nuestro tiempo, constituye un sólido testimonio de cómo la «lex orandi» (el culto) es una invitación a reavivar en las conciencias la «lex credendi» (la fe). Y viceversa: la «lex credendi» de la Iglesia requiere que por todas partes florezca lozana la «lex orandi» en relación con la Madre de Cristo.
El culto a la Virgen tiene raíces profundas en la Palabra revelada y sólidos fundamentos en las verdades de la doctrina católica, tales como:
- la singular dignidad de María, Madre del Hijo de Dios y, por lo mismo, Hija predilecta del Padre y templo del Espíritu Santo; por tal extraordinaria gracia aventaja con mucho a todas las demás criaturas, celestiales y terrestres;
- su cooperación incondicional en momentos decisivos de la obra de la salvación llevada a cabo por su Hijo;
- su santidad, que ya era plena en el momento de su concepción inmaculada y que, no obstante, fue creciendo más y más a medida que se adhería a la voluntad del padre y recorría el camino del sufrimiento, progresando constantemente en te, esperanza y caridad;
- su misión y el puesto que ocupa, único en el Pueblo de Dios, del que es al mismo tiempo miembro eminente, ejemplar acabado y Madre amantísima;
- su incesante y eficaz intercesión, mediante la cual, aun habiendo sido asunta al cielo, sigue mostrándose cercana a los fieles que la suplican y aun a aquellos que ignoran que realmente son hijos suyos;
- su gloria, en fin, que ennoblece a todo el género humano, como lo expresó maravillosamente el poeta Dante: «tu eres aquella que ennobleció tanto la naturaleza humana, que su Creador no desdeñó convertirse en hechura tuya»; en efecto, María pertenece a nuestra estirpe como verdadera hija de Eva, aunque ajena a la mancha de la madre, y verdadera hermana nuestra, que ha compartido en todo nuestra condición, como mujer humilde y pobre.
Añadiremos que el culto a la Virgen tiene su razón última en el designio insondable y libre de Dios, el cual, siendo amor eterno y divino, lleva a cabo todo según un designio de amor: la amó y obró en ella maravillas; la amó por sí mismo, la amó por nosotros; se la dio a sí mismo y nos la dio a nosotros.
Cristo es el único camino al Padre, Cristo es el modelo supremo al que el discípulo debe conformar la propia conducta, hasta lograr tener sus mismos sentimientos, vivir su vida y poseer su Espíritu. Esto es lo que la Iglesia ha enseñado en todo tiempo y nada en la acción pastoral debe oscurecer esta doctrina.
Pero la misma Iglesia, guiada por el Espíritu Santo y amaestrada por una experiencia secular, reconoce que también el culto a la Virgen María, de modo subordinado al culto que rinde al Salvador y en conexión con él, tiene una gran eficacia pastoral y constituye una fuerza renovadora de la vida cristiana.
La razón de dicha eficacia se intuye fácilmente. La múltiple misión que la Virgen María ejerce para con el Pueblo de Dios es una realidad sobrenatural que actúa eficazmente en la comunidad eclesial.
Será útil considerar los diversos aspectos de dicha misión y ver cómo todos se orientan, cada uno con su eficacia propia, hacia el mismo fin: reproducir en los hijos los rasgos espirituales del Hijo primogénito.
Queremos decir que la maternal intercesión de la Virgen, su ejemplar santidad y la gracia de Dios que hay en ella, se convierten para el género humano en motivo de esperanza sobrenatural.
La misión maternal encomendada a María invita constantemente al Pueblo de Dios a dirigirse con filial confianza a Aquella que está siempre dispuesta a acoger sus oraciones con amor de Madre y con eficaz ayuda de Auxiliadora. Por eso el Pueblo de Dios la invoca como «consoladora de los afligidos», «salud de los enfermos» y «refugio de los pecadores», para obtener consuelo en la tribulación, alivio en la enfermedad y fuerza liberadora en el pecado. Y en verdad Ella, la libre de todo pecado, conduce a sus hijos a vencer con enérgica determinación el pecado. Y, hay que afirmarlo nuevamente, esta liberación del pecado es la condición necesaria para toda renovación de las costumbres cristianas.
La santidad ejemplar de la Virgen mueve a los fieles a levantar sus ojos hacia María, la cual brilla como modelo de virtud ante toda la comunidad de los elegidos. Y se trata de virtudes sólidas, evangélicas: la fe y la dócil aceptación de la Palabra de Dios; la obediencia generosa; la humildad sincera; la solícita caridad; la sabiduría reflexiva; la verdadera piedad, que la mueve a cumplir sus deberes religiosos, a expresar su acción de gracias por los bienes recibidos, a ofrecer en el Templo y a tomar parte en la oración de la comunidad apostólica; la fortaleza en el destierro y en el dolor; la pobreza llevada con dignidad y confianza en el Señor; el vigilante cuidado hacia el Hijo desde la humildad de la cuna hasta la ignominia de la Cruz; la delicadeza en el servicio; la pureza virginal y el fuerte y casto amor esponsal.
De estas virtudes de la Madre se adornarán los hijos, que con tenaz propósito contemplan sus ejemplos para imitarlos en la propia vida. Y tal progreso en la virtud aparecerá como consecuencia y fruto maduro de aquella fuerza pastoral que brota del culto tributado a la Virgen María.
La devoción hacia la Madre del Señor ofrece a los fieles ocasión de crecer en la gracia divina: finalidad última de toda acción pastoral. Porque es imposible honrar a la llena de gracia sin valorar en sí mismo el don de la gracia, es decir, la amistad con Dios, la comunión de vida con El, la inhabitación del Espíritu. Esta gracia divina afecta a todo el hombre y lo hace conforme a la imagen del Hijo.
La Iglesia católica, apoyada en su experiencia secular, reconoce en la devoción a la Virgen una poderosa ayuda para que el hombre llegue a conseguir la plenitud de su vida. María, la «mujer nueva», está junto a Cristo, «el hombre nuevo», a la luz de cuyo misterio encuentra sentido el misterio del hombre. Y es así como prenda y garantía de que en una persona de nuestra raza humana, en María, se ha realizado ya el proyecto de Dios para salvar a todo el hombre.
Al hombre contemporáneo, frecuentemente zarandeado entre la angustia y la esperanza, postrado por la sensación de sus límites, asaltado por aspiraciones sin fin, turbado en el ánimo y dividido en el corazón, la mente suspendida por el enigma de la muerte, oprimido por la soledad mientras tiende fuertemente a la comunicación con los demás, presa de sentimientos de náusea y hastío; a este hombre contemporáneo, la Virgen, contemplada en las circunstancias de su vida terrena o en la felicidad de que goza ya en la Ciudad de Dios, ofrece una visión serena y una palabra tranquilizadora: es una garantía de que la esperanza triunfará sobre la angustia, la comunión sobre la soledad, la paz sobre la turbación, la alegría y la belleza sobre el tedio y la náusea, las perspectivas eternas sobre los deseos terrenos, la vida sobre la muerte.
Sean como el sello de nuestra exhortación y una nueva prueba del valor pastoral de la devoción a la Virgen para conducir los hombres a Cristo, las mismas palabras que Ella dirigió a los criados en las bodas de Caná: «haced lo que El os diga». Palabras que en apariencia se limitan al deseo de poner remedio a la incómoda situación de un banquete, pero que en verdad, si consideramos las perspectivas del cuarto evangelio, son una frase en la que parece resonar la fórmula usada por el Pueblo de Israel para ratificar la Alianza del Sinaí o para renovar los compromisos allí adquiridos, y son también totalmente conformes con la palabra del Padre en la aparición del monte Tabor: «escuchadle».
Nos ha parecido bien, venerables Hermanos, tratar extensamente de este culto a la Madre del Señor, por ser parte integrante del culto cristiano. Lo pedía la importancia de la materia, objeto de estudio, de revisión y también de controversias en estos últimos años.
Nos conforta pensar que el trabajo realizado para poner en práctica las normas del Concilio, por parte de la Sede Apostólica y por vosotros mismos, sobre todo en la reforma de la liturgia, está siendo una gran ayuda para que se tribute a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo un culto cada vez más vivo y consciente y para que vaya creciendo la vida cristiana de los fieles. Es también un motivo de confianza el constatar que la renovada liturgia romana constituye un claro testimonio de la devoción de la Iglesia hacia la Virgen María. Nos sostiene además la esperanza de que serán sinceramente aceptadas y puestas en práctica las directrices para hacer dicha devoción cada vez más vigorosa. Y finalmente nos alegra la oportunidad que el Señor nos ha concedido de ofrecer estas consideraciones sobre algunos puntos doctrinales, con los que esperamos crezca la estima y se renueve y confirme la práctica del Rosario.
Consuelo, confianza, esperanza y alegría que, uniendo nuestra voz a la de la Virgen en su Magnificat, deseamos traducir en ferviente alabanza y acción de gracias al Señor.
Mientras deseamos, pues Hermanos queridos, que gracias a vuestro empeño diligente, se produzca en el clero y en el pueblo confiado a vuestros cuidados, un saludable incremento de la devoción mariana, con indudable provecho para la Iglesia y la sociedad humana, impartimos de corazón a vosotros y a todos los fieles encomendados a vuestra solicitud pastoral, una especial Bendición Apostólica.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 2 de febrero, fiesta de la Presentación del Señor, del año 1974, undécimo de nuestro Pontificado.
SS Pablo VI
martes, 29 de abril de 2014
LA EXPERIENCIA DE UNA JOVEN MUJER
Hacia el noviciado…
¿Cómo empezar a escribir la vida?, ¿Cómo redactar las
líneas del corazón?. Es difícil hablar de aquello que se he vivido con tanta
pasión que las palabras se acortan y carecen de sentido, para expresar la
vivencias, los amores, os recuerdos y las frustraciones que he tenido que
asumir para llegar al momento en el que estoy.
Vuelvo atrás y miro a una joven llena de ilusiones,
con las ganas para seguir soñando, pero así mismo miro una joven que se deja
llevar por los impulsos y que la esclavitud de las ideas le gana para
aprisionarle la mente.
Hoy vuelvo sobre ello y me es grato ver como he
crecido, como he podido descubrir las cualidades que hace de mí una persona que
se deja guiar por la fuerza del corazón, puedo asegurar que las ganas de luchar han mitigado mi propia
indecisión e inseguridad de seguir luchando por mí misma y por aquello que hoy
la gente ya no quiere luchar.
Verme hoy a las puertas del noviciado, es casi una experiencia religiosa, como
diría la canción. Sentir que poco a poco voy afianzando a lo que llamamos
“vocación”, después de un periodo de casi diez meses. Me siento bien con lo que
he podido vivir en el postulantado, la experiencia de vivir con mis hermanas de
comunidad y las dos hermanas que se han encargado de mi formación, es de un
valor inmenso e invaluable, pues lo que he aprendido en estos meses acerca de
mí, sobre mis limitaciones y virtudes que hacen que desde el fondo de mi
corazón desee ser hermana de los jóvenes y niños, hermana del Cristo pobre que
se presenta en la gente y en los mas desvalidos.
Acepto que no ha sido tarea sencilla seguir el ritmo
de la formación, no porque sea difícil y complicada, sino porque en mi
condición de ser he tenido que afrontar el pasado y configurarlo con mi
presente, situación que con la ayuda de las hermanas he podido llevarlo y hacer
de esto un motor móvil para querer seguir siendo mejor. Pero lo que sin duda,
me ha mantenido viva, motivada y llena de ilusiones y esperanza a sido el
abandonarme incondicionalmente en los brazos de mi Señor, él ha sido le único
que se a quedado esperándome a que me calme y siga después de mis rabietas
trabajándome y apasionándome por el trabajo, la misión, la comunidad.
Con certeza cada vez que he salido en busca para
encontrar mi propio yo, he descubierto nuevos enigmas, nuevas dificultades,
pero estoy convencida que cada búsqueda ha sido un encuentro con el Dios de la
vida y la eternidad.
Dicen que la única misión del ser humano es cumplir
con su Leyenda Personal, y esto es lo que hoy estoy dispuesta a realizar. Mas
que seguir una vocación, quiero ser feliz y sé que dentro del Instituto lo
puedo hacer.
En este tiempo de formación, descubrí que la vocación
nos es un llamado, no es que el Señor me haya enviando una carta, o una señal
sobrenatural, sino que es sentir que tengo la gran capacidad de amar que estoy
dispuesta a dar mi vida entera por la felicidad. El postulantado me he enseñado
que la vida es una constante decisión, pero que en esa constante debo ponerle
toda mi pasión y entrega. Otra de la socas que este proceso aprendí, es que no
debo renunciar a nada para seguir, porque renunciar incluye frustraciones, lo
que se hacer es regalarse mas a la gente y las cosas que nunca podré hacerlas
ofrecerlas al Padre Eterno como una ofrenda de amor.
Iniciar una nueva etapa me trae muchas interrogantes,
pero a su vez me llena de ilusión por seguir descubriéndome, de seguir
encontrándome conmigo misma en la soledad y de seguir buscando los momentos en
los que podré escuchar al Jesús que estoy segura vive en mi, al Jesús que me
anima y me ama sin condición.
Hoy deseo vivir el presente con la energía que solo
puede salir del alma, revivir los ideales del fundador, los sueños de las
hermanas que con gran ilusión creen en la utopía y las quimeras, que solo se
pueden realizar si se ama, si se lucha, si se sigue cantando y pintando este
mundo de los más bellos colores, porque lo único que importa en la vida en lo
verdadero, bueno y bello que se contuve solo con la mano amiga del Maestro
Bueno, que nos ha elegido como sus amigo y nosotros hemos aceptado con amor.
No me queda mas que decir que la vida en es un ratito
apenas, y que podemos soñar, luchar, amar, cantar y hacer de la vida la música
más bella si nos dejamos guiar por el inmenso amor de Cristo, el Resucitado,
que vino y quedó para siempre en nuestros corazones como el impulso para hacer de este mundo un lugar
más fraterno, más solidario y más humano.
Hacia el noviciado no va solo una persona, van sueños,
van esperanzas, van ganas de gastar la vida en la misión de seguir con la
construcción del Reino de Dios, que esta presente y solo hay que anunciarlo.
Fraternalmente, Cecilia
Paola, Novicia
lunes, 16 de septiembre de 2013
Miguel Febres Cordero (1854-1910)

religioso, del Instituto de los Hermanos de las Escuelas Cristianas
Su infancia
Francisco Luis
Florencio Febres Cordero Muñóz nació en Cuenca, el 7 de
Noviembre de 1854. Sus padres fueron don Francisco Febres Cordero, guayaquileño
y doña Ana Muñoz Cárdenas, quienes con pena
comprobaron que el niño nació con los pies torcidos.. Al cumplir 9 años de edad ingresó en la Escuela de
los Hermanos de las Escuelas Cristianos de la ciudad de Cuenca.
En 1863 los Hermanos de las Escuelas Cristianas abren una escuela en
Cuenca (Ecuador). Entre los primeros alumnos figura Francisco Febres Cordero.
La educación cristiana comenzada en la familia recibe en la escuela nuevo
impulso y desarrollo, gracias sobre todo a la lección de catecismo y al ejemplo
de los educadores, y así vemos cómo la estrella de la vocación Lasalliana no
tarda en despuntar en el espíritu abierto del joven ecuatoriano. La oposición
que encuentra por parte de sus padres, que quisieran encaminarlo hacia el
sacerdocio, no le desalienta. Francisco, que desde sus más tiernos años
acostumbra confiar a la Virgen todas sus dificultades, encuentra en Ella la
fuerza para seguir adelante en su propósito. Finalmente, el 24 de marzo de
1868, obtiene de su madre la autorización para ingresar en el noviciado de los
Hermanos: es la víspera de la fiesta de la Anunciación. Al revestir el hábito Lasalliano,
Francisco recibe el nombre de Hermano Miguel. Luego el primer hermano de América Latina en
consagrarse a la vida religiosa.
Profesional
Con ello no cesa sin embargo la lucha por la fidelidad a su
vocación. El padre de Francisco, aun habiendo aceptado la decisión de su
esposa, no escribe a su hijo una sola línea en cinco años. Antes de cumplir 15 años
se dirigió a Quito y, después de una vasta formación, se desempeñó como
maestro, inspector y procurador en la escuela del Beaterio; y como profesor de
la Escuela Práctica de Cadetes. Durante este tiempo, también elaboró toda clase
de textos escolares. Sin embargo, su trabajo preferido, durante los 37 años de
permanencia en Quito, fue preparar a los niños para su Primera Comunión.
Entre tanto, en 1890, cuando tenía 36 años, se fundó en Quito el Instituto "La
Salle". El Hermano Miguel fue nombrado inspector del mismo y profesor de
gramática. Dos años después por sus cualidades literarias y poéticas fue
incorporado a la Academia Ecuatoriana de Lengua. El joven
profesor sobresale en la enseñanza de la lengua y literatura españolas y, ante
la carencia de manuales y libros de texto apropiados, se decide a componerlos
él mismo. El gobierno ecuatoriano no tardará en adoptarlos para todas las
escuelas del país. Con el correr de los años el Hermano Miguel dará a la
imprenta otras obras, sobre todo del campo de la poesía y de la gramática, las
cuales le abrirán las puertas de la Academia Nacional. Compondrá también
catecismos para la infancia, siendo la catequesis el campo preferido de su
actividad apostólica. De modo especial, reclamará y obtendrá siempre para sí el
privilegio de preparar a los niños a la Primera Comunión, dedicándose a esta
delicada labor hasta El 27 de mayo de 1907 le enviaron a París y Bruselas para la composición
de textos escolares. Este asiduo
contacto con los niños hacia que los eduque con sencillez ya que su devoción al
Niño Jesús era muy grande. Con la sencillez evangélica brillan también en él
las virtudes propias de la vida religiosa: la pobreza, la pureza, la
obediencia. Sobre todas ellas resplandece la caridad, que se nutre en la piedad
eucarística y en la devoción a la Virgen.
Acrisolado por Dios
Su santidad irradiará también en el viejo continente. En 1904, como
consecuencia, en Francia, de las leyes hostiles a las congregaciones
religiosas, muchos Hermanos de La Salle, no pudiendo ejercer su apostolado en
su propio país, deciden expatriarse. Numerosos son los que optan por España y
los países de América latina. La necesidad de procurar a esos valerosos Lasallianos
el conocimiento indispensable de la lengua castellana, mueve a los Superiores a
trasladar al Hermano Miguel a Europa para que pueda dedicarse a la composición
de textos apropiados para un estudio acelerado de dicho idioma. Tras unos meses
de estancia en París, el Hermano Miguel se traslada a la Casa Generalicia de
los Hermanos en Lembecq-lez-Hal (Bélgica).
Enteramente dedicado a su nueva tarea, su virtud no deja de
irradiarse en su nuevo ambiente. Pero el clima belga, tan diferente del de su
propio país, no le favorece, y los Superiores juzgan conveniente trasladarlo a
España, asignándole como residencia el Centro internacional Lasalliano de
Premia de Mar, en la provincia de Barcelona. Los jóvenes formandos admiran la
cultura y la sencillez del Hermano Miguel no menos que su gran amor de Dios.
En el mes de julio de 1909 ráfagas de viento revolucionario llegan
hasta Premia de Mar y poco después sobreviene la "Semana Trágica".
Ante la frecuencia de actos de violencia anticlerical, los Superiores se ven
precisados a trasladar a Barcelona a formandos y formadores hallándoles un
refugio en el embarcadero del puerto y luego en el colegio Nuestra Señora de la
"Bonanova"(Inmaculada Consepción ) . En esos momentos trágicos el
Hermano Miguel se hace custodio de las formas consagradas de la capilla de Premia.
Regreso a la casa del
Padre
Pasada la borrasca revolucionaria los Hermanos regresan a Premia de
Mar. Mas ahora es el Señor quien llama a Sí a su fiel siervo. A finales de
enero de 1910 contrae una pulmonía que su débil organismo no llega a superar.
Tras una agonía de tres días y confortado con los santos sacramentos, el
Hermano Miguel entrega su alma a Dios el 9 de febrero de 1910. Sus últimas palabras
fueron: "Jesús, José y María os doy el corazón y el alma mía",
trilogía del amor que inspiro toda su vida. La noticia de su
muerte es acogida con emoción y llanto. La República del Ecuador proclama un duelo
nacional.
Hermanos y ex alumnos del Hermano Miguel rivalizan en admiración y enaltecimiento por sus virtudes. Los favores atribuidos a su intercesión no tardan en multiplicarse. En 1923 se inicia en Quito y en Cuenca el proceso informativo en vistas a la beatificación. Sigue en 1924 el de Barcelona. En 1936, durante la revolución española, se lleva a cabo el traslado al suelo patrio de los restos mortales del siervo de Dios, que reciben una acogida triunfal. La tumba del Hermano Miguel se convierte en centro de continuas peregrinaciones. Su homenaje cívico lo recibe el 13 de abril, junto a Juan Montalvo, González Suárez, Luis F. Borja, Víctor Peñaherrera, entre otros. El santo Hermano Miguel, de esta manera, es considerado modelo de catequistas, apóstol de la Eucaristía y símbolo del Magisterio Nacional.
Hermanos y ex alumnos del Hermano Miguel rivalizan en admiración y enaltecimiento por sus virtudes. Los favores atribuidos a su intercesión no tardan en multiplicarse. En 1923 se inicia en Quito y en Cuenca el proceso informativo en vistas a la beatificación. Sigue en 1924 el de Barcelona. En 1936, durante la revolución española, se lleva a cabo el traslado al suelo patrio de los restos mortales del siervo de Dios, que reciben una acogida triunfal. La tumba del Hermano Miguel se convierte en centro de continuas peregrinaciones. Su homenaje cívico lo recibe el 13 de abril, junto a Juan Montalvo, González Suárez, Luis F. Borja, Víctor Peñaherrera, entre otros. El santo Hermano Miguel, de esta manera, es considerado modelo de catequistas, apóstol de la Eucaristía y símbolo del Magisterio Nacional.
Camino a los altares
Llevados a término todos los requisitos acostumbrados, el Papa Pablo
VI, el 30 de octubre de 1977 procede a la Beatificación del Hermano Miguel y a
la del Hermano belga, Hermano Mutien-Marie. La grande asistencia de peregrinos
venidos de Bélgica, del Ecuador y de Italia, la acertada ceremonia y las
palabras inspiradas de Pablo VI en la homilía y en el Angelus, han hecho
inolvidable ese día para todos los afortunados participantes en la solemne
celebración de la Piazza San Pietro.
El mismo día de la Beatificación, precisamente durante el desarrollo
del sugestivo rito, se realizaba otro milagro: la Señora Beatriz Gómez de
Núñez, afectada de incurable "miastenia gravis", se sintió
completamente curada. Ya antes, con toda la familia, se había confiado a la
intercesión del santo Hermano, y, como coronamiento de sus oraciones, había
querido venir a Roma para la Beatificación.
Esta curación, reconocida como milagrosa, conlleva la reapertura de
la causa, y, en el Consistorio del 25 de junio de 1984, el Pontífice Juan Pablo
II fija para el 21 de octubre del mismo año la fecha de la Canonización.
Hoy, el Papa Juan Pablo II, poniendo entre los Santos a este
religioso ecuatoriano, ofrece a la Iglesia entera y particularmente a la del
Ecuador el modelo de un religioso culto, pero sencillo y humilde, de un
catequista totalmente entregado a la obra de la evangelización, de un educador
que ha ayudado a tantos jóvenes y niños a encontrar el sentido de su vida en
Jesús y a vivir su fe como don y compromiso.
Hermano Miguel, una vida marcada por los milagros
Un
milagro determinó la vida del cuencano Francisco Febres-Cordero Muñoz, quien
después de tomar los hábitos se llamaría Hermano Miguel. Febres-Cordero nació
el 7 de noviembre de 1854, en Cuenca. No caminó sino hasta los 5 años,
pues tenía una deformación notable en los pies. A esa edad llamó a su tía para
decirle que en su rosal había una dama hermosa vestida de blanco.
Cuando
llegaron no encontraron a nadie, pero en ese instante el Hermano Miguel caminó
por primera vez, esto sería el inicio de su actividad espiritual, a la que se
dedicó a los 14 años, pese a la oposición de su padre, Francisco Febres-Cordero
Montoya, y su abuela.
Así lo
relata Olga Murillo, sobrina bisnieta de este santo, que el 9 de febrero
cumplirá 100 años de su fallecimiento.
Según
Murillo, el proceso de santificación empezó con el primer milagro que
realizó en 1933 a sor Clementina Flores Cordero, quien tenía una grave
enfermedad hepática.
Flores
estaba tan enferma que para no sentir el dolor le inyectaban morfina, pero los
hermanos de La Salle la visitaron y oraron al Hermano Miguel para que la
sanara.
Al día
siguiente, cuando el sacerdote del convento se dirigía a ponerle otra
inyección, sor Flores salió caminando por los pasillos del convento.
Otro de
los milagros que se atribuyen al Hermano Miguel es la sanación de Beatriz Gómez
de Núñez, quien tenía miastenia gravis (enfermedad neuromuscular
crónica). Según Murillo, este ocurrió durante la beatificación en la plaza San
Pedro, en Roma. "Ella había ido para agradecerle y de repente ya no sintió
más dolor".
Además
de estos milagros, el Hermano Miguel se destacó por escribir libros de
gramática, matemáticas, historia y también de catequesis. Fue elegido
integrante de la Real Academia de la Lengua en Quito. Hablaba con fluidez
francés, italiano, español, inglés, alemán y latín.
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